La Protocrisis

 ImageLa crisis financiera actual, que supera en gravedad y agudeza a muchas otras contemporáneas que han pasado a las crónicas negras de Wall Street, es en realidad un eco de una crisis espiritual que viene aquejando el mundo occidental desde hace décadas. Todas encuentran su origen en una epidemia de avaricia y codicia que barre estas sociedades.

Buscar los orígenes de esta crisis en los últimos diez o veinte años sería un acto de gran ingenuidad. Antes de la caida en picado de las bolsas y mucho antes de que nuestra famosa “prima de riesgo” se hipertrofiase, tuvieron que pasar muchas etapas a través de las cuales el ser humano cayó poco a poco en una crisis ética, moral y existencial. Si bien las crisis económicas han sido muchas a través de la historia y aunque los altibajos financieros son de esperar, la pérdida de ciertos valores ha hecho que las víctimas de dichas crisis estén más expuestos que nunca a los efectos negativos de estas dificultades transitorias que llamamos comúnmente crisis. Antes de la llegada de la crisis tuvo que haber una “protocrisis”.
El origen del problema es que el ser humano ha perdido de vista su misión y el propósito de su existencia, y ha preferido ignorar su lugar en el universo queriendo jugar el rol de administrador de la creación, de la naturaleza y de su entorno, en vez de verlos desde el prisma de la revelación divina que los presenta como una responsabilidad que le fue depositada por un tiempo determinado y de la cual puede beneficiarse a modo de usufructo.

Sin duda, los avances tecnológicos fulgurantes que hemos conocido en cuestión de pocas generaciones han conducido a mejoras sin precedentes en nuestras condiciones de vida y han producido un desbordante flujo de datos. Sin embargo, esa información sigue siendo una gota en un océano de hechos aún por explorar y entender en el mundo en que vivimos, y este océano a su vez no es más que una fracción de aquellas realidades de las cuales la humanidad nunca llegue a ser consciente, ni mucho menos comprehender.

Aun así, el ser humano, inmerso en su ignorancia abismal y embriagado por su sentido de superioridad, protagoniza una nueva versión del mito de Narciso. Contempló su rostro en un lago de galaxias y se quedó enamorado de sí mismo, parafraseando las mismas palabras que dijo Qarún (un personaje que simboliza la perplejidad que sufrimos con lo material) según nos informa el Corán en el capítulo Al-Qasas, versículo 78:

 Dijo: “¡Esta [riqueza] me ha sido dada sólo gracias al conocimiento que poseo!”

 Tal es este narcisismo que la humanidad terminó ahogándose en corrientes de egoísmo y torrentes de impulsos que la llevan a la deriva. El problema es que una vez inmersos en nuestro materialismo y después de quedarnos estupefactos por las relucientes distracciones de este mundo, la mayoría vimos paralizada nuestra capacidad de reflexionar y ver cualquier otra realidad más allá de lo material; más allá de las pertenencias que creemos poseer y que a la vez nos poseen.

El Corán pronostica y diagnostica esta situación:

“Conocen sólo la superficie externa de esta vida, mientras que viven ajenos por completo a la Otra Vida. ¿Es que no se contemplan a sí mismos? Allah no ha creado los cielos y la tierra y lo que hay entre ambos sino conforme a una verdad [intrínseca] y con un plazo fijado [por Él], pero “¡Ciertamente, mucha gente niega su reencuentro con su Sustentador!” [30:7-8]

Incluso los pocos que son capaces de ver esta realidad, dejan que su apego a su riqueza material les impida reconocerla y admitir su error por miedo a perder lo que tienen. El miedo nos hace estancarnos en la terquedad de teorías que alegan la inexistencia del Creador. Se trata de una tendencia que ha causado hasta el momento el desvío de innumerables mentes y la muerte de demasiados corazones. Eso por no hablar de grandes guerras que han costado la vida de millones de seres humanos. Todo en nombre de un progreso científico que más bien es cientifista puesto que niega cualquier verdad fuera de los números.

“Dios está muerto” dijo una de esas voces deicidas, para luego convertirse en inspiración para genocidas. Paradójicamente, incluso los ateos y escépticos más empedernidos son fieles feligreses de esta nueva congregación. Esta religión que “pone un hechizo en los ojos de la gente, sobrecogiéndoles de espanto, y consiguiendo una magia poderosa” [ Al-Araaf:116]. Es el culto al pronombre personal de primera persona. El yo, yo mismo y lo mío. Es un culto que considera el interés personal y sobre todo las ganancias materiales como el único triunfo asequible y un atajo al paraíso en la tierra.

Los grandes líderes de dicha orden creen sin duda en un día del Juicio Final y lo consideran una realidad incuestionable. Sin embargo, para ellos este juicio ha cambiado de fecha, ya que cae ahora cada fin de ejercicio fiscal, cuando se revelan los “libros” y se examinan las cuentas anuales. Ese día los triunfadores y perdedores son juzgados conforme a sus cuentas de pasivos y activos; acorde a su liquidez financiera. Los omnipresentes “mercados” retribuyen y castigan, pero nunca perdonan.

Ese es el Nuevo Orden establecido y que se intenta consolidar por la fuerza. Compra a los comprables; humilla y caricaturiza a las voces disidentes; y acalla violentamente a cualquier fuerza oponente. Cualquier discurso sobre ética que emite es de carácter decorativo, un mero adorno dentro de su política de relaciones públicas, joyas de cinismo con las que obsequia a sus seguidores.  Posee los megáfonos que le permiten hablar más alto que sus detractores. Miente incesantemente, pero la gente acaba creyendo sus mentiras dado que las repite con suficiente frecuencia. Este estatus quo se mantendrá, la gente seguirá inmersa en su hipnosis y agradecidamente oprimida, a menos que se tapen los oídos o escuchen con especial atención a esas pocas voces valientes, pero cada vez más silenciadas que continúan molestando al Orden y que éste ningunea como interferencias de fondo.

Un orden mundial en el que las multinacionales y los “gurús” de los círculos financiero obsesionados con el dinero y el poder ponen al servicio de sus objetivos infames todos los medios necesarios para adoctrinar a nuevas legiones de consumidores prácticamente desde su nacimiento. ¿Cuáles son esos objetivos? Que nadie se llame a engaño: el capital es como Cronos o Saturno que se comieron a sus hijos; el capital sólo busca más capital; más ganancias. El objetivo, en definitiva, consiste en incrementar las ganancias, engordar aún más las arcas y arraigar el dominio despótico

No obstante, como musulmans no podemos perder nunca la esperanza ni debemos tirar la toalla y abandonar el camino de la perseverancia. Como nos enseña el Corán, por muy oscuros que sean nuestros tiempos siempre habrá una luz a la que aspirar, y por mucha escoria que flote encima del oro, el oro sigue siendo oro y la escoria no deja de ser escoria:

“Él hace descender agua del cielo, y los cauces de río [antes secos] se llenan según su caudal, la corriente arrastra una espuma que flota en su superficie, similar a la espuma [que se produce] al fundir [metal] para hacer ornamentos y utensilios. Así presenta Allah la parábola de la verdad y la falsedad: pues, en cuanto a la espuma, ésta desaparece como [ocurre con toda] la escoria; pero lo que beneficia al hombre permanece en la tierra.” [13:17]

Del mismo modo, por mucha falsedad que le echen encima, la verdad es y seguirá siendo verdad, y no por hablar más alto se tiene más razón. Allah (SWT) dice:

“Sino que lanzamos a la verdad contra la falsedad, y la aplasta: y, ¡he aquí! que se desvanece.” [21:18]

La historia más frecuente en el Corán, aquella de Moisés, que la paz sea con él, nos enseña que el dominio de los Faraones llegó a su fin, debido a su terquedad y su insistencia en oprimir a los más débiles y a esclavizar a los desamparados. Se cumplirá la voluntad de Allah (glorificado sea) quien dice:

“Pero quisimos otorgar Nuestro favor a los oprimidos en la tierra, hacerles líderes, hacerles herederos, establecerles firmemente en la tierra, y hacer que el Faraón, [su ministro] Hamán y los ejércitos de ambos experimentaran a través de ellos precisamente aquello de lo que estaban alerta.” [28:5-6]

¿Cómo puede la humanidad liberarse esta nueva esclavitud?

¿Cuáles son los requisitos que se deben cumplir para que este despotismo llegue a su fin?

Allah (glorificado) nos proporciona las claves en el nonagésimo capítulo de su última revelación (El Sagrado Corán) que empieza con unas cuestiones realmente dignas de reflexión:

“Hemos creado al hombre afligido por penas. ¿Cree pues que nadie podrá contra él? Dice [jactándose]: «He consumido abundantes riquezas». ¿A caso cree que nadie le ha visto? ¿A caso no le hemos dado dos ojos, una lengua, dos labios y le hemos mostrado las dos vías [del bien y el mal]? Pero no ha superado la Cuesta. ¿Y qué puede hacerte concebir lo que es la Cuesta?” [90:4-12]

Estos versículos llaman nuestra atención a que el ser humano tiene que reflexionar primero sobre las interrupciones y dolores de la vida, y ponderar sobre la naturaleza inestable y camaleónica de la misma. Debe conocer su verdadero lugar en el cosmos, ser consciente de la fragilidad de su existencia, de su pequeñez e insignificancia comparado muchas otras creaciones de Allah (alabado sea) y dejar atrás su visión antropocentrista.

De esta forma llegará a la conclusión de que la humanidad no es propietaria de los recursos puestos a su disposición, sino que son una mera responsabilidad que se debe gestionar de manera sabia y altruista, teniendo en cuenta tanto a otros seres humanos que viven en diferentes puntos del planeta como a las generaciones venideras que también respirarán el mismo aire que respiramos y heredarán el legado que les dejemos. Se trata del concepto de Jilafa que Allah nos recuerda en la primera historia mencionada en el Corán:

Y tu Señor dijo a los ángeles: “Voy a poner en la tierra a un regente (jalifa).”

[Al Baqara:30]

El ser humano será capaz de ser un buen gestor de sus recursos si cree sin lugar a duda que su Creador tiene constancia incluso de sus acciones aparentemente insignificantes y que un día rendirá cuentas por ellas.

Allí nace esa profunda Conciencia (taqwa) de la gran responsabilidad (Amana) que Allah menciona en el versículo:

“En verdad, ofrecimos el compromiso [de la razón y la volición] a los cielos, a la tierra y a las montañas: pero rehusaron cargar con él por temor. No obstante, el hombre lo aceptó pues, en verdad, ha sido siempre propenso a ser sumamente malvado, sumamente necio.” [Al Ahzab:72]

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