De la clandestinidad a la luz I

Etapas tempranas de la misión del Profeta Muhammad

Por: Hisham Oulad Mhammed

PARTE I

. . .

Bismillahi Rahmani Rahim
En nombre de Allah, el Beneficiente, el Compasivo

Desde esa noche de Ramadán en la que recibió la primera revelación en la cueva de Hira’, el Profeta (Paz y bendiciones sobre él) no escatimó esfuerzos ni cesó de invitar a las personas más cercanas a él para que dejaran la idolatría, sus costumbres paganas, y adoraran a un sólo Dios, el Creador de la existencia y, por lo tanto, único merecedor de nuestra devoción. El Mensajero de Allah no tardó en obtener adeptos, y el número de estos no dejó de incrementarse hasta nuestros días. Dichos nuevos musulmanes vieron en el Islam una verdadera ventana hacia la liberación del ser humano de servidumbre y la tiranía de sus congéneres, emancipándolo y haciendo que dirija su devoción, amor y sumisión sólo a Aquel quien realmente es digno de ellas. La primera en aceptar el mensaje del Profeta (Paz y bendiciones sobre él) fue su amada mujer Jadiya, quien permaneció junto a él apoyándolo y reafirmándolo hasta la muerte de ella.

Primero aceptaron el mensaje sus familiares más cercanos, sus amigos más íntimos, y luego los más desfavorecidos de la población de la Meca. Expandiéndose el círculo de iluminación y purificación cuyo epicentro es el alma pura del Mensajero de Al-lah, guiada por la revelación y apoyada por  el cuidado divino.

Todo ello ocurría en secreto, ya que de la misma forma que se ganó adeptos, al profeta[la paz y las bendiciones de Allah sean con él] no tardaron en salirle enemigos y detractores. Durante un periodo de varios años, el Mensajero de Al-lah (Paz y bendiciones sobre él) cimentó en las almas de dichos hombres y mujeres una fuerte y correcta fe en Al-lah. Una fe absolutamente monoteísta cuyas raíces salen de la frase que cambió la historia para siempre, y sacó a la humanidad de las tinieblas a la luz: “La ilaha Illa Al-lah” (No hay dios más que Al-lah).

Así, sus corazones se unieron sobre esta firme base, creando una hermandad indeleble y un amor insuperable tanto hacia Al-lah y Su Mensajero, como entre ellos. Eran semillas de bondad y honestidad que iban siendo cultivadas paulatinamente por Muhammad (conocido como “Al Amin” (El Honesto) entre los mismos idolatras de la Meca incluso mucho antes de recibir el mensaje. Así empezó una purificación tanto espiritual como física que preparaba a los seguidores de Muhammad (Paz y bendiciones sobre él) para ser los hombres que cambiarían la faz de la historia para siempre.

El profeta (paz y bendiciones sobre él) les exhortaba a tener compasión y piedad con todo ser vivo, a perdonar a sus enemigos, a ser amables y caritativos, a tener lealtad y honradez, paciencia y perseverancia, a adoptar las virtudes más supremas y seguir su ejemplo y su luz. Todo ello teniendo en cuenta que procedían de una sociedad monolítica y oscurantista en la que el fuerte  prevalecía sobre el débil y donde la violencia era el pan de cada día.

Inevitablemente, corrieron rumores por las calles de la ciudad de que Muhammad (Paz y bendiciones sobre él) les había traído una nueva religión, hasta el punto de convertirse en el tema más debatido en las reuniones y conversaciones de sus habitantes. Afloraban las primeras fisuras religiosas en la sociedad Mequí. Una sociedad que aunque poseía las características de nobleza y generosidad comúnmente prevalecientes entre los árabes de la época, era una sociedad básicamente mercantil y por consecuencia, dominada por una burguesía esencialmente xenófoba y aprofóbica (que sentía desprecio al pobre). Una sociedad en la que prevalecía la desigualdad, la opresión a los más desfavorecidos, la esclavitud que despojaba a los esclavos de su humanidad y los consideraba como meros objetos, así como una terrible explotación sexual que sufrían las mujeres. No es de extrañar por lo tanto que algunas de las personas pioneras desde el alba del Islam fueran mujeres.

Teniendo en cuenta estos factores junto a muchos otros como el dominio y el estatus de la tribu de Quraish en la península arábiga, la importancia tanto económica como religiosa de su ciudad (La Meca), etc. era lógicamente de esperar que las clases dominantes intentaría por pasiva y por activa sofocar cualquier manifestación de rebeldía (especialmente de carácter religioso) y evitar cualquier estallido social. En realidad, este acérrimo proteccionismo frecuentemente no se debía a una genuina devoción a sus ídolos y dioses, sino al miedo a perder su estatus y poder, a poner en duda su autoridad heredada por linaje o adquirida al haber amasado fortunas. El orden Social de la Meca era un verdadero caudal de oro para las clases dominantes, y para ellos la idea era clara: pase lo que pase, no dejarían que ello cambiase.

Sin embargo, nunca se imaginaban que por muchos planes que trazaran y complots que tejieran entre ellos, Al-lah (alabado y glorificado sea) iba a cumplir su  voluntad y causar la victoria del Profeta (Paz y bendiciones sobre él) de la forma más sutil y en las condiciones aparentemente más adversas. Y así se cumple la promesa de Al-lah (alabado y glorificado sea): “Quieren apagar la luz de Al-lah con sus bocas, pero Al-lah siempre hace culminar Su luz por mucho que les pese a los incrédulos.” [61:8]

Mientras tanto el Profeta (Paz y bendiciones sobre él) había reunido un grupúsculo de fieles que se reunían en la casa de Al Arqam Ibn Al Arqam, para recibir sus enseñanzas, memorizar las partes del Corán que le iban siendo revelados gradualmente. Dichas partes Coránicas que fueron reveladas en la ciudad de Meca (antes de la emigración a la ciudad de Madina), conocidas como el Corán Mequí, se centran esencialmente en temas de fe, estableciendo las bases firmes de la creencia islámica. Normalmente, sin contener prescripciones en materia de adoración.

 En dicha casa acudían ricos y esclavos, blancos y negros, desapareciendo cualquier tipo de distinción racial o social entre ellos. Algo tan escandaloso como sentarse con un esclavo y aprender de él, se convertía en algo totalmente natural en el Islam.

El profeta (paz y bendiciones sobre él) les exhortaba a evitar confrontaciones con los  no-musulmanes. Partiendo de la base de la libertad de todo el mundo a creer o no.

“No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío. Quien no cree en los falsos dioses y cree en Alá, ciertamente se ha aferrado a la cuerda más segura, aquella en la que no cabe ninguna fisura. Al-lah es todo Oyente, Omnisciente.” [2:256]

Muchos escolásticos de la Sira (La biografía del Profeta (Paz y bendiciones sobre él)) denominan este período de los inicios del islam en la Meca como “La misión clandestina” (Al Da’ua As-Sirriya), cuando en realidad se tenía pleno conocimiento en la Meca de la misión del Profeta (Paz y bendiciones sobre él) desde el principio, y tampoco fue exactamente su intención mantenerla en secreto, sino simplemente enfocarla de manera individual en vez de   colectiva, permitiendo así una formación más pormenorizada a personas que se encargarían de llevar a cabo un desarrollo humano a escala universal.

Tres años más tarde, fue revelada  la ayah 214 del capítulo 26: “Y advierte a tu pueblo más cercano.” Ordenándole ampliar su misión y hacer llegar de forma pública su mensaje al resto de su clan. Lo cual puso al mensajero (Paz y bendiciones sobre él) ante un verdadero dilema. Dividido entre el amor y el cariño que siempre sintió por el pueblo de la Meca, su gente y sus familiares, y entre su deber ético de hacer llegar el mensaje divino que le fue encomendado y no temer a nadie en su misión excepto a su remitente. Como no podía ser de otra forma, el Profeta (Paz y bendiciones sobre él) puso su amor y devoción por Al-lah por encima de cualquier otro tipo de amor o lealtad.

Es una nueva etapa en la misión profética de Muhammad (Paz y bendiciones sobre él), desde ese momento, fue claro lo inevitable que era la confrontación. Eran dos fuerzas opuestas, dos visiones antónimas. Por una parte, una élite Quraishí tradicionalmente bélica, violenta e inflexible (lo cual se iba a traducir en varios conatos de agresión y hasta de asesinato contra el Profeta), por otra, el mensajero de Al-lah, aparentemente indefenso (digo aparentemente ya que en realidad nunca dejó de disponer del abrigo de Al-lah), desarmado, pacífico, pero con pretensiones radicalmente revolucionarias no sólo para la ciudad en la que vivía, sino para el mundo entero en aquella época.

Básicamente, se puede resumir la misión del mensajero de Al-lah misión en el establecimiento de un monoteísmo puro y absoluto, y en llevar una vida regida por una conducta ética y moralmente correcta (tanto a nivel individual/personal como colectivo/social). La igualdad absoluta entre pobres y ricos, blanco y negros, hombres y mujeres, a la que invita el profeta (paz y bendiciones sobre él) era irreconciliable con los intereses de los líderes de los clanes de Quraish. Simplemente era la verdad contra la falsedad, una era dominada por el mito y la superstición contra una nueva era marcada por el uso del raciocinio iluminado por la revelación divina. Un régimen antiguo frente la aspiración a una liberación de este último. Una oposición reflejada por las siguientes dos aleyas respectivamente:

“Y cuando se les dice: Venid a lo que Al-lah ha hecho descender y al Mensajero, dicen: Tenemos bastante con aquello en lo que encontramos a nuestros padres. ¿Y si sus padres no sabían nada y carecían de guía?”

[5:104]

“¿Es que no van por la tierra teniendo corazones con los que comprender y oídos con los que oír? Es verdad que no son los ojos los que están ciegos sino que son los corazones en los pechos los que están ciegos.”

[22:46]

Y así pues, al recibir el Profeta (P) la orden de divulgar el Islam de forma pública, salió y llamó a su clan (los Banu Hashim) reuniéndose así unos cuarenta y cinco personas alrededor de él. No obstante su tío Abu Lahab (cuyo nombre era Amr Ibn Hisham) trató de boicotear congregación. El Profeta (P) insistió, y la reunió de nuevo y pronunció lo siguiente: “Alabado sea Al-lah, le doy las gracias, en Él busco ayuda, creo en Él y en Él me apoyo, y doy testimonio de que no hay Dios excepto Al-lah, solo sin asociados.” Y prosiguió: “Ciertamente un líder no miente a su pueblo, y juro por Al-lah quien no hay Dios excepto Él, yo soy el mensajero de Al-lah a vosotros en exclusiva y a la humanidad en general, juro por Al-lah que moriréis del mismo modo que dormís, seréis resucitados del mismo modo que despertáis, seréis juzgados por aquello que hacéis, y será o un eterno paraíso o un eterno infierno.”

En otro llamamiento del Profeta (P), este subió a un montículo de la ciudad de la Meca llamado Al Safá y llamó: “Pueblo de Quraish, comprad vuestras almas de Al-lah, salvaos del infierno, porque ciertamente yo no poseo beneficio ni prejuicio para vosotros, y no os serviré de nada ante Al-lah.” Y Así fue nombrando una a una las tribus de la Meca y repitiendo las mismas advertencias a cada una de ellas, hasta dirigirse a su propia hija Fátima diciendo: “Fátima, hija de Muhammad, pide cuanto quieras de mis posesiones, pero sálvate del infierno, porque yo no poseo beneficio ni prejuicio algunos para ti, y no te sirvo de nada ante Al-lah.” Y concluyo dirigiéndose a todos diciendo: “Excepto que tenéis un parentesco conmigo al que le daré su debido valor”.

Es un llamamiento advirtiendo del hecho de que las cadenas del tribalismo que hasta entonces marcaban las vidas de los árabes y regulaban sus interacciones se habían fundido, y que la única forma de mantener las relaciones de parentesco en pie es a través de la creencia en la misión del Profeta (P), ya que la relación con Al-lah prima por encima de cualquier otro tipo de lazo familiar o vinculo social.

Ese fue el panorama hasta que se reveló el versículo 94 del capítulo “¡Anuncia lo que se te ordena y apártate de los asociadores (idolatras)!” Ordenando que la misión se hiciera definitivamente pública y manifiesta. Y así, el mensajero de Al-lah (P) empezó a invitar a las gentes de la Meca, acudiendo a sus reuniones, en los mercados, en las calles, en solitario y en muchedumbres. Empezó a rezar en los alrededores del la Kaaba (el santuario más sagrado) en pleno luz del día, y a recitar versículos del libro de Al-lah, llenos de luz y guía, que les dejaban atónitos. Algunos le tachaban de poeta, algunos de hechicero y otros de lunático.

Poco a poco, el Islam fue ganando nuevos adeptos, uno por uno, fueron incrementando el número de fieles entre sus filas, hasta dividirse profundamente la sociedad Quraishí, entre los seguidores del Profeta (P) por un lado, y por otro los no musulmanes que permanecían en su idolatría. No obstante, al incrementarse el número de nuevos musulmanes, se intensificó su abuso por parte de los no musulmanes, convirtiéndose en una continua tortura y una verdadera persecución religiosa, dirigida especialmente a los individuos más vulnerables. Esta situación empujó al profeta (P) a invitar a algunos de sus seguidores a emigrar a Abisinia en búsqueda de libertad para practicar su religión.

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