Como si fuese justo mañana

“Parece como si hubiese empezado justo ayer…”
Ésa es la expresión más común que se Time-running-outpuede escuchar de los labios de la mayoría de los musulmanes según se aproxima el fin de Ramadán. Una frase articulada en distintos continentes y en diferentes lenguas y dialectos, pero cuya esencia late con el mismo sentimiento: la nostalgia.

Y es que hemos entrado en la recta final de Ramadán. Apenas resta una semana para que dicho mes nos diga “Adiós” u, ojalá, un simple “Hasta la próxima”. Atrás quedan las sensaciones físicas de hambre y sed. Sólo permanecen los cambios esenciales que el ayuno haya aportado a nuestra personalidad y nuestra visión del mundo y de la vida. Se trata de un proceso de criba que ejerce el tiempo con efectividad y notable celeridad. El olvido se apodera del aspecto puramente sensorial del ayuno, mientras nos acompaña hacia delante la dimensión trascendental de esta práctica ideada para inspirar, iluminar y transformar

Parece como si hubiese sido justo ayer cuando recibimos este mes con mucha alegría, esperanza y no menos expectación al tener en mente que, ésta vez, coincidía con una de las época más calurosas y desafiantes del año, al menos en el hemisferio norte del planeta. Un mes que seguimos viviendo pendientes de las noticias de destrucción y sufrimiento que no cesan de llegarnos de la franja de Gaza. Noticias y escenas que nos confirman que el mundo necesita una profunda transformación y una forma más elevada de consciencia que el auténtico ayuno puede y debe ayudarnos a alcanzar. Nuestros corazones han estado pendientes de esa zona del mundo en la que, incluso fuera de Ramadán, el hambre es el pan de cada día impuesto por un inhumano asedio.

Éste es un mes del cual pronto nos despediremos con la incertidumbre de si volveremos a vivirlo y disfrutarlo. Los días y las noches pasan volando como estrellas fugaces que nos dejan atónitos, sin saber quién deja atrás a quién.

No obstante, incluso si aún no conseguimos reaccionar ni hemos sabido aprovechar lo que llevamos de mes, aún tenemos ante nosotros cerca de media docena de días que contienen infinidad de oportunidades para cambiar de rumbo y rectificar. Días contados que, si bien son limitados cuantitativamente, son cualitativamente incuantificables.

Especialmente tomando en consideración la posibilidad de que, Dios mediante, entre ellos se esconda, cual pepita de oro puro que nos deparan las aguas incontenibles del tiempo, esa noche única en todos los sentidos: la Noche del Decreto, en la cual se convoca la Cumbre Angelical, desciende la gracia del Creador, que equivale a un millar de meses y es pura paz de principio a fin. Una noche de transformaciones y cambios no sólo a nivel humano, sino que a nivel cósmico. El universo entero, incluida buena parte del género humano, la espera con la consciencia a flor de piel y las puertas de la esperanza abiertas de par en par.

Una noche que, sin duda, marcó un antes y un después en la trayectoria de la Historia. “En ella se esclareció, sabiamente, la distinción entre todas las cosas” puesto que en ella se inició la revelación de la Última Revelación, el Sagrado Corán. Una revelación que, lejos de ser un evento puntual, fue un proceso que acompañó al Profeta Muhammad durante los siguientes veintitrés años. O, lo que es lo mismo, durante el resto de su bendita y memorable vida. Un mes dedicado a una revelación que es vida, y a una vida repleta de revelaciones.

Por supuesto que nunca es demasiado tarde para ser quienes podríamos haber sido. Nunca es demasiado tarde para aprender a aprender y sacar provecho de las oportunidades que nos depara cada año. Y, si bien “el ser humano fue creado con una precipitación” intrínseca a su ser imperfecto, éste es el momento de tomarse las cosas con calma, de dejar de lado la precipitación, de ser perfeccionistas y dar prioridad a la reflexión, a la meditación y a la introspección. Nuestras vidas dependen, literalmente, de ello.

Aquí y ahora se nos presenta la ocasión idónea para comprender, por ejemplo, que el ayuno no es un fin en sí sino un mero medio. La propia aleya que declaró la obligatoriedad del ayuno, afirma de forma inequívoca que no está dando el pistoletazo de salida para una ingenua carrera de hambre y sed. Para eso están las huelgas de hambre. El pasaje coránico se autodefine como una luz verde para una competición abierta con uno mismo en materia de TAQUA. Ese concepto, usado con frecuencia aunque poco conocido en profundidad, que se traduce imprecisamente en ocasiones como consciencia de Dios, en otras como temor y amor hacia Dios, y que en realidad, es una amalgama que reune todos esos ingredientes básicos y mucho más:

“¡Oh creyentes! Se os ha prescrito el ayuno como se les prescribió a los que os precedieron, para que os mantengáis conscientes de Dios.” [El Sagrado Corán 2:183]

La aleya nos recuerda que no somos los primeros en recibir la orden de ayunar. Quizás sea un sutil desafío a que nosotros no fallemos en lo que ellos fallaron manifiestamente mezclando medios y fines y confundiendo el ayuno con su auténtica finalidad que es la Taqua.

Así pues, el ayuno debe ser manejado como una herramienta entre cuyos fines está arraigar nuestra gratitud, afianzar nuestra fuerza de voluntad, afilar nuestra empatía, enducar nuestra Nafs, conocernos mejor y superar nuestros deseos más egoístas. Se trata de comprender que “no sólo de pan vive el hombre”, sino también de la Palabra de Allah que cultiva las semillas del amor y la compasión en los campos fértiles de nuestros corazones que anhelan incesantemente a su Creador.

El Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) marcó en un conocido hadiz el promedio de esperanza de vida de su Umma afirmando que oscilará entre los sesenta y los setenta otoños. Tanto la primera cifra como la segunda nos alientan con la buena nueva de que la mayoría de los musulmanes serán lo suficientemente longevos como para atestiguar un número elevado de ramadanes. Se presupone que ser sexagenario o septuagenario otorga, con la venia de Allah, una elevada probabilidad de dar con esa noche tan cotizada en las “bolsas” de la espiritualidad. Ojalá lo hagamos en un estado que complazca al Señor de los mundos.

Ramadán es un mes bendecido (mubarak) y generoso (karim) en todos los sentidos. Es un mes de abstinencia que, paradójicamente, nos sirve un abundante ágape espiritual de un alto valor nutritivo para el alma y nos agasaja con sensaciones únicas de hermandad, solidaridad y humildad.

Bendiciones de día, seguidas por otras de noche. Luces sobre luces que nos iluminan y nos enseñan cosas tan básicas como valorar aquello que tenemos en vez de codiciar más y, a la par, nos llama la atención sobre la importancia de no disponer de aquello de lo que carecemos como requisito para empezar a entender el verdadero Tauhid (el monosteísmo). Al fin y al cabo, la autosuficiencia es un atributo exclusivo de Allah, y la dependencia de Él es una característica generalizada entre la creación.

Y si pudiésemos destacar una carencia por encima de las demás, esa carencia crítica sería sin duda alguna aquella del tiempo. Una mercancía que siempre se agota demasiado rápido, máxime en una época como la nuestra cuyos cambios vertiginosos le suman más aceleración a nuestra percepción del paso del tiempo. Sólo nos cabe mostrar gratitud hacia Allah:

“Para que completéis el número [requerido de días] y que ensalcéis a Allah por haberos guiado rectamente, y que [Le] deis gracias.” (El Sagrado Corán 2:184)

Unas gracias perfumadas con el deseo de que no se nos agote el tiempo antes de que alcancemos el siguiente mes de Ramadán. De ser así, el próximo Ramadán se nos avecinará como si fuese justo mañana.

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