Ovejas Solitarias

Divide y vencerás Ése ha sido el lema maquiavélico de grandes imperios que dominaron el mundo y que entendieron que, para lograr sus fines políticos y económicos, debían sembrar divisiones entre sus rivales. También les convenía separar entre sus propios pueblos; con ese fin, los redujeron a grupúsculos, los segmentaron y fragmentaron hasta llegar al elemento esencial: el individuo.

Así nacieron las segregaciones, las prohibiciones de congregación, los toques de queda y las medidas preventivas según las cuales tres ya son multitud.

Por causa de esta perversa visión, surgieron guerras, disputas y episodios de fratricidio dentro de la familia humana. Una realidad que se puede reducir a una sola aleya:

“Satán busca sólo crear enemistad
y odio entre vosotros.”
[Al Maída:91]

No hay que olvidar que, fruto de las divisiones, los únicos que salen fortalecidos son quienes las implantan y alimentan en primer lugar. Y ello tanto si hablamos de guerras “en ultramar” que cosechan vidas inocentes mientras engordan las cuentas bancarias de multinacionales y de traficantes de armas o, si por el contrario, hablamos de desintegraciones internas que acaban enfrentando a miembros del mismo pueblo, sea por razones de luchas de clase, por cuestiones raciales, ideológicas, lingüísticas o incluso deportivas.

Parece que no han servido de nada los silbidos y chillidos de los “whistleblowers” o alertadores que salen constantemente advirtiendo de la gran trama que se teje alrededor de la especie humana para dominar todos sus movimientos y sus quietudes y terminar subyugándola definitivamente. Las personas, como Bradley Manning, que filtran información delicada son condenadas a pasar el resto de sus vidas en prisión. Otras, como Edward Snowden o Julian Assange son criminalizadas y tachadas de desertores y traidores por las altas esferas del poder, convirtiéndoles así en renegados que buscan asilos políticos y hasta temen por su integridad física.

Las escuchas telefónicas son una pieza dentro de ese afán patológico y patético de control y dominación. Son técnicas ideadas para evitar que los individuos formen una colectividad. Buscan impedir que los humanos despierten del efecto placebo de la ilusión de libertad que les inculcan, se den cuenta del poder que poseen y comprendan que, al fin y al cabo, somos una sola comunidad, una sola especie, la humana, a pesar de que los poderes establecidos, el Establishment, nos quieran convencer de lo contrario.

Es un modelo faraónico de sociedad donde las paredes tienen oídos y donde el miedo es la motivación que nos mantiene a raya.

La Historia patenta que el modelo faraónico existe y se resiste a desaparecer. Un paradigma de estado que sólo entiende las relaciones humanas a través del prisma del dominio y que, aunque lo haga sobre el papel,  nunca reconocerá sobre el terreno de los hechos eso de que todos los seres humanos nacen libres e iguales. Se niega a reconocer la humanidad de “los otros” y los tacha de simples animales. Para el faraón, los suyos son ovejas que deben ser amansadas y los otros son una jauría de lobos que deben ser despellejados.

Una cita muy reiterada, y quizás por ello desgastada, es aquella de que la religión es el opio del pueblo. Sin duda, esa afirmación se cumple cuando se instrumentaliza la religión para el control de las mentes mediante dogmas y tabúes. Pero leyendo los textos sagrados de algunas de las mayores religiones a nivel mundial, se percibe que su esencia busca todo lo contrario. Pretenden liberar al ser humano del yugo al cual intentan someterlo algunos de sus congéneres.

El Islam declara claramente que la diversidad de etnias, lenguas, ideas y visiones es inseparable del proyecto humano. Y anula cualquier supremacía que no sea aquella del Supremo. De hecho, lo expresa de entrada a través de las primeras cuatro palabras de la primera frase que nos introduce en el Islam: “La ilaha illa Allah” (No hay dios excepto Allah.) Allah es el Creador y nuestra servidumbre ante Él nos libera, nos iguala y nos une. El Corán comienza con las alabanzas al Señor de todas las criaturas y acaba con la palabra An-Nas (la gente) en el último capítulo también titulado así. Es un mensaje para toda la gente, sin elitismos ni preferencias.

Y para la gente fueron enviados los profetas, de entre cuyas historias, una está presente en las tres religiones abrahámicas y quizás destaque por encima del resto de historias. Se trata, precisamente de Moisés y sus diálogos con el Faraón. No en vano, es la más mencionada en el Sagrado Corán.

Parece mentira que la mayoría de los adeptos de dichas religiones hayan optado por hacer una lectura muy superficial de los hechos que transmite este relato. Lo vacían de su significado y pasan por alto el choque paradigmático que encierra. Un enfrentamiento entre el modelo faraónico y el modelo profético.

La sociedad faraónica se estratifica en forma de pirámide. El faraón divinizado ocupa su cúspide, justo por debajo está Haman con su poder económico multinacional y su ojo que todo lo ve. Un ojo que en la actualidad pretende calcar experimentos Orwelianos miniaturizados Como el llamado “Gran Hermano” y llevarlos a escala global mediante legiones de CCTV. Luego está el músculo militar que vela por mantener el Estatus Quo a la fuerza. El proyecto faraónico sólo puede ser establecido a través de la violencia y el terror. Leyendo el relato de Moisés en el Corán notamos cómo las palabras del Faraón rezuman violencia y amenazas. Una actitud beligerante que se mantiene desde la persecución de los israelitas al principio hasta exteriorizarse al final contra los propios súbditos del Faraón y su crucifixión de los propios magos que le adoraban.

Después encontramos en esa pirámide el escalón de la maquinaria propagandística que, con sus trucos de ilusionista, justifica las atrocidades del Faraón a la vez que se dirigen a los instintos más básicos de las ovejas atónitas e intenta distraerlas con grandes festividades y parafernalia. Ya en su día, el Faraón prefirió la fecha de la gran festividad egipcia del Día de la Parafernalia (Yawm Al Zinah), para su cara a cara con Moisés y el reto de éste dirigido a los ilusionistas o magos que intentan cautivar los ojos de la gente para desviarlos de la verdad. Hoy en día, esa magia cautivadora lanza sus hechizos a través de las pantallas y de palabras falseadas que sólo buscan adormecer a las masas.

Son demasiadas las similitudes que existen a nivel político, económico, social, ideológico, y tantos otros dominios donde los paralelismos serían obvios entre estos dos estados del mundo separados por cuarto milenios, que sería difícil enumerarlos en pocas páginas.

Por otro lado, la tecnología ha abierto nuevas vías de comunicación y entendimiento entre la gente. La cuestión es que los caminos del entendimiento no valen para nada si no hay quien los ande, y ¿cuánta gente está dispuesta a andar lejos en esas vía sin sufrir vértigo? ¿Queremos realmente llegar a un conocimiento profundo de nosotros mismos? ¿Nos interesa ver la realidad faraónica en la que estamos sumergidos?

La dinámica que observamos en las calles, los medios de transporte, los hogares y hasta en mezquitas y demás lugares de culto, es preocupante y atestigua que la tecnología está siendo usada para incrementar el aislamiento del individuo. Las personas están absorbidas por pantallas de todos los tipos, tamaños y grosores. Una nube de cuarzo y silicio que nos impide mirar a los demás a los ojos y asomarnos a conocerles desde y hacia dentro. La comunicación se ha limitado a palabras y éstas se han encriptado en códigos que pasan por el mismo filtro inquisitorial. Hablamos más pero cada vez nos conocemos menos.

Es en este ambiente de aislamiento camuflado de comunicación donde la industria del miedo prolifera. Entre esa nube flotante de caracteres, introduce sus mensajes venenosos de división y separación. Se nutre de cualquier amenaza, la magnífica y la enfatiza para crear un clima  de psicosis. Se divide la misma sociedad en guetos que oscilan entre las barriadas y las urbanizaciones cerradas. El miedo estimula la obediencia y el consumo… ¡El miedo quema muchas calorías!

Para designar las amenazas del “otro” y justificar el negocio de exportación e importación del miedo, se usa una terminología que se dirige a lo más profundo del subconsciente humano y trata de despertar los temores más básicos y antiguos en el individuo: con expresiones como “lobos solitarios”, se nos remonta a tiempos del Paleolítico, cuando sólo se pudo superar el miedo al lobo tras llegar a un pacto con dicho depredador para convertirlo en un fiel y obediente perro.

Además, con fórmulas insólitas en forma de oxímoron (los lobos no son solitarios) se lanza una indirecta descarada a la población: “No sois más que unas pobres y dóciles ovejas. ¿Quién os va a proteger cuando venga el lobo solitario?”

El precio de la protección frente a esa amenaza inventada es la obediencia. Una obediencia ciega que hace que las ovejas solitarias estén dispuestas a sacrificar bienes tangibles como su libertad, su privacidad y su intimidad, a cambio de la promesa de esa quimera que es la seguridad. Esa es la práctica arquetípica de los faraones, la de vender humo y prometer aquello de lo que no disponen.

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