Sin la amargura del fracaso, al éxito le faltaría su dulzura

No todo en la vida debe salirnos bien. A veces las cosas van según lo planeado, otras veces no es así. Y como dice el refrán árabe puede que “los vientos soplen con lo que no desean los barcos”.


Hay matrimonio que se rompen, negocios que van a pique, propiedades que se destruyen, personas queridas que perdemos… Esa es la vida.

¿Qué esperábamos si no? ¿Que esta vida fuese un camino de rosas?

“Ciertamente os pondremos a prueba con temor, hambre, pérdida de riqueza, personas y frutos. Pero anuncia buenas nuevas a los pacientes.” (2:155)

La paciencia es la hija primogénita de la esperanza. Esperanza en Allah y en Su decreto que, de la misma forma que depara desgracias, también nos agracia con infinitas bondades y bendiciones. Y una firma confianza en que todo lo negativo que nos depara el devenir de los días, en realidad, esconde algo positivo y entraña el potencial de ayudarnos a aprender y crecer… Si dejamos que nos ayude.

Hay personas que lo han perdido todo y, en vez de darse por vencidos, tirar la toalla y considerarlo una pérdida, vieron en ello una oportunidad de reconstruir sus vidas y resurgir de entre las cenizas. Terminaron consiguiéndolo y quizás lo único que les impulsó al éxito fue precisamente esa fe y esa confianza. Su pérdida, por lo tanto, ya entrañaba un éxito para ello. Lo vieron, lo reconocieron, lo adoptaron y se adaptaron.

Los que no lo alcanzaron a ver, no lo intentaron de nuevo… y no lo consiguieron.
Intentarlo de nuevo no es sinónimo de intentarlo una segunda vez, sino de intentarlo las veces que haga falta. Mientras nuestro objetivo sea lícito y legítimo, el propio intento es un éxito ya que nos depara una recompensa ante nuestro Creador que, además de observar nuestra perseverancia, ve la intención que anida en el fondo de nuestras mentes.

Algunas personas pensaron que el mundo su se venía abajo cuando se divorciaron. Pero Allah no tardó en poner en su camino a la persona de su vida con la cual están felizmente casadas o simplemente llenó sus corazones con la satisfacción de ver a sus hijos y nietos convertirse en las personas que siempre quisieron ser.

Al fin y al cabo, Allah nos trata acorde a lo que albergan nuestros corazones:

“Si Allah sabe de algún bien en vuestros corazones, os concederá también algún bien de aquello que se os quitó y os perdonará. Allah es Perdonador y Compasivo.” (8:70)

Nuestros fracasos se deben en ocasiones exclusivamente a la predestinación; un factor que está fuera de nuestro control y que supera cualquier posibilidad de cálculos humanos. En cambio, cuando los errores, pérdidas y fracasos puede que se deben también a nuestras malas elecciones, el verdadero error es dejar que estas desilusiones nos desmoronen hasta convertirse en depresiones.

Todos cometemos errores, y precisamente de esos errores deberíamos aprender y con ellos salir reforzados. “Todo hijo de Adán comete errores, y los mejores de quienes cometen errores son quienes se arrepienten” tal y como dice nuestro noble Profeta Muhammad, que la paz sea con él.

Arrepentirse no significa consumirse lamentando lo ocurrido, ni significa bloquearse y estancarse en el pasado, sino que consiste en reconocer nuestras faltas y deficiencias, pedir perdón por ellas, hacer justicia con las personas a las que hayamos ofendido o perjudicado y seguir adelante con la confianza y el compromiso con nosotros mismos de no volver a caer en los mismos baches.

El creyente debe ser como un corcho que nunca puede hundirse. El hundimiento no es una opción, puesto que contradice nuestra mismísima condición de creencia en Allah y Su infinita Hikma (sabiduría).

Él es Al Hakím, Al Latíf (El Sutíl) cuya sutileza supera nuestro entendimiento, y sólo es captada por las almas más perspicaces y clarividentes gracias a la luz del Imán (la creencia). Una Imán que excluye absolutamente el hazar y la coincidencia de la providencia divina. Un Imán que estabiliza nuestros corazones transmitiéndoles Amán (seguridad). Estos corazones son nuestros barcos que nos dirigen hacia nuestro Señor. Nuestra fe inamovible en Él nos proporciona, como si de un ancla se tratara, la serenidad y la estabilidad para no perder de vista nuestro preciado destino. Por muy virulentas que sean las aguas de la vida y por muy feroz que sea la fuerza con la que arremeten sus olas.

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