Las víctimas del 11S que nunca pisaron suelo americano

Cuesta creer que han pasado dos septenios desde esa funesta mañana del martes 11 de septiembre. Algunos que han cumplido su mayoría de edad este año aún tenían 3 o 4 años entonces y tuvieron la suerte de no vivirlo en vivo y en directo. Yo lo viví de forma peculiar.
Eran casi las 9 de la mañana en Nueva York, pero en el suroeste de Inglaterra, donde me encontraba, ya estaban de sobremesa porque eran las 2:45 de la tarde.

Me subí a un “double-decker bus” (típico autobús británico de doble piso) y allí me informé inevitablemente gracias a la ruidosa conversación de dos señores ebrios que acaban de oír la inverosímil noticia en una radio a transistores. Ya en casa esa noche, pegado a la pantalla del televisor, no daba crédito a las repeticiones de los impactos de ambos aviones y otros detalles que hasta el momento siguen sin esclarecerse por completo. Lo que sí estaba claro es que a partir de ese día el mundo cambiaría considerablemente.

Sin entrar en conjeturas acerca de las identidades de los perpetradores de los atentados del 11S, y las mentes que movían los hilos por detrás, lo que si deberíamos saber más allá de cualquier duda es que la vida de los civiles es sagrada en el Islam y que, como musulmanes, tenemos el deber moral de no mantenernos en una zona gris, de establecer que ataques como esos son un crimen y una vulneración de un mandamiento claro del Profeta Muhammad, la paz sea con él.

Independientemente de esa información clasificada y de las teorías a la que ha dado pie el secretismo y el hermetismo que acompaña a este tema, lo lamentable es también que los ataques llevaron a unos EE.UU. liderado por un cowboy en búsqueda de su cruzada particular a embarcarse a la deriva en unas políticas exteriores más beligerantes que nunca, basadas en un puñado de mentiras y patrañas como “las armas de destrucción masiva” o la relación entre Bin Laden y Saddam que la administración Bush se sacó de la manga.

Son guerras que han causado hasta el momento grandes convulsiones, revoluciones e involuciones, desestabilizando así, más si cabe, el planeta y alejando una paz anhelada, ya de por sí frágil y lejana.

El resto… todo lo que hemos sufrido en nuestras pieles… los estereotipos, las miradas escrutadoras, los prejuicios, las detenciones, las torturas, las deportaciones, los artículos y comentarios sesgados, tendenciosos y generalizantes, la xenofobia latente y la islamofobia patente… Todo ello es, como se suele decir, Historia.

En un mundo interconectado y teniendo en cuenta los sucesos documentados que han caído en estos catorce años como las fichas de dominó puestas en fila, lo que es innegable es que las víctimas mortales de los ataques que nos ocupan no son sólo esos 3000 civiles en Nueva York, Washington D.C. y Pensilvania, sino que también lo fueron y lo son las cientos de miles o quizás millones de personas civiles muertas en Afganistán e Irak, y en otros muchos países salpicados directa e indirectamente por ambas guerras. Todas, personas cuyas vidas no son menos valiosas que la de cualquier víctima neoyorquina.

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