La expresión “Allahu akbar” fue su primer rehén

Por Hicham Oulad Mhammed

Los pocos medios televisivos españoles que decidieron interrumpir su programación y hacerse eco de la tragedia de París el pasado viernes, repitieron varias veces que uno de los hombres armados gritó en medio de la discoteca: “Al-lahu Akbar”.

Curiosamente, los reporteros lo decían una y otra vez con una confianza pasmosa, como si de algún novedoso y exótico grito de guerra se tratara. Quizás no se les pasó por la cabeza, en ese momento de confusión global que todos vivimos, que esas dos palabras significan, simple y literalmente, que Dios es el más Grande. Esas dos palabras, fueron de hecho, los dos primeros rehenes en esa discoteca que se convirtió en escenario del terrible baño de sangre. Fueron palabras que se encontraban fuera de lugar; lejos de su hábitat natural. Porque en realidad, los musulmanes de todo el mundo repetimos decenas de veces en nuestras oraciones diarias la misma frase.

El Profeta Muhammad se levantó en señal de respeto cuando vio pasar el funeral de uno de sus conciudadanos judíos. El mismo fin de semana después de los atentados de París fui a la embajada francesa en Madrid con varios amigos musulmanes para expresar nuestros respetos y nuestras condolencias. Al llegar, era notable que todo el mundo estaba allí en silencio reflexionando solemnemente y pensando en la Paz y no en la venganza. Justo unos minutos después de llegar, el silencio fue roto por la alerta de la llamada de la oración en mi teléfono móvil. Empezaba precisamente con “Al-lahu Akbar.” Las personas que me rodeaban, en su mayoría franceses, me miraron con recelo por unos instantes, pero es de entender.

Lo que no es asimilable es que los actos de una diminuta minoría desviada hayan manchado y distorsionado tanto una frase tan noble.

Como musulmanes debemos rescatar los significados de expresiones como ésta y no dejar su interpretación en manos de grupos como DAESH o los medios de comunicación que, al fin y al cabo, al vincularlas con la violencia legitiman y refuerzan la propaganda terrorista.

Ese demente que pronunció ambas palabras, lo hizo mientras apretaba el gatillo pensando que el camino al paraíso está pavimentado con sangre y cadáveres. Sin embargo, a diferencia de ese mal uso por los terroristas, para un verdadero musulmán es una fórmula que sirve como un estímulo espiritual en sus oraciones y su meditación conocida como Dhikr. Sus connotaciones son de esperanza y perseverancia. Es un recordatorio, por ejemplo, de que la magnanimidad y la compasión divinas son infinitamente mayores que nuestros defectos.  La indulgencia y magnanimidad de Dios son más grandes que el odio y la intolerancia de los extremistas de cualquier religión o ideología. Sin duda, Su grandeza trasciende nuestra pequeñez.

Una pequeñez y una mezquindad que nadie personifica mejor que quienes invocan lo más sagrado a la hora de cometer aquello que el islam define claramente como sacrilegios. Y por lo tanto, definitivamente, los atributos de mi Dios son antagónicos a los atributos de ese dios al que apeló el suicida en medio de la discoteca Bataclan.

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