Las bombas no discriminan, la sociedad sí

Publicado el 23, nov. 2015  en Córdoba TV

Por Hicham Oulad Mhammed

En algunas sociedades occidentales donde persiste el discurso simplista que insiste en vincular el islam con las acciones de sectas como DAESH, Boko Haram o la ya aparentemente obsoleta Al Qaeda, a los musulmanes se nos ha quedado interiorizada una reacción ante ataques como los que hemos vivido la noche del pasado viernes en París.

Se trata de una reacción que los musulmanes, y quizás sólo los musulmanes, conocemos a la perfección como si de un código interno se tratara. Es esa amalgama de miedo y esperanza. Un miedo de que atentados de este tipo sean reivindicados en nombre del islam por grupos que poco tienen que ver con la esencia de esta religión y una esperanza de que los autores de los mismos no sean musulmanes.

“¡Dios mío! Ojalá no sean musulmanes.” Ésa fue, insisto, la reacción instantánea de muchos de nosotros al recibir las lúgubres noticias mientras cenábamos o nos disponíamos a pasar un fin de semana en paz con nuestros seres queridos. No obstante, este profundo deseo formulado en tan breve exclamación espontánea, además de no tardar en desvanecerse, encierra más de una contradicción elemental a la par que sutil.

Por un lado, porque la reacción inicial de cualquier ser humano, musulmán o no, que valora las vidas de sus congéneres debería ser la consternación, la repulsión y la tristeza por la muerte de tantas personas. Es una empatía que nunca puede depender de la religión del autor del crimen.

Diez días más tarde, la tristeza aún enturbia mi corazón mientras escribo estas líneas. Sin embargo, mi tristeza en particular implica dos elementos. Por supuesto, está el hecho de que los terroristas han conseguido arrebatar más vidas humanas. Y además, la otra capa de tristeza se debe a que han mancillado de nuevo la imagen de una comunidad musulmana a la que le tocará de nuevo sufrir las consecuencias de los actos de un puñado de desequilibrados que ella misma repudia rotundamente.

Por otro lado, esa exclamación inicial que mencionaba al principio carece esencialmente de sentido. No cabe desear que los terroristas no sean musulmanes. Paradójicamente, un adepto a dicha religión pierde automáticamente su cualidad de musulmán y su “islamicidad” se reduce a cero cuando incurre en actos salvajes como estos. Los terroristas no pueden ser musulmanes. Así de simple. Un individuo no puede ser musulmán y albergar una ideología extremista como esta al mismo tiempo. Ambas esferas conceptuales y semánticas se repelen; se autoexcluyen mutuamente.

Francia cuenta con una comunidad de cerca de cinco millones de musulmanes, gran parte de los cuales residen en la capital y sus alrededores. Esta cifra es la cuarta parte de los 20 millones de ciudadanos musulmanes en la Unión Europea según un estudio del Pew Research Center de 2010.

En los principales atentados que han tenido lugar en suelo europeo han caído víctimas musulmanas y París no fue una excepción incluso en el ataque de enero a la redacción de Charlie Hebdo. Si hablamos de las víctimas musulmanas de DAESH fuera de Europa perderíamos las cuentas. En Francia, varias familias musulmanas perdieron a sus hijos e hijas en los atentados de París. Porque los terroristas y sus armas no discriminan entre musulmanes y no musulmanes; todos estamos en su punto de mira y todos somos su enemigo declarado, especialmente los musulmanes que nos dedicamos desde hace años, un día sí y otro también, a desmantelar los argumentos de su ideología sedienta de sangre valiéndonos de las propias fuentes islámicas.

Eso sí, los musulmanes somos las víctimas de la barbarie por doble partida. Somos las víctimas de sus balas y somos paralelamente víctimas del recelo, odio e incluso agresiones que sufrimos en nuestras carnes a la estela de cada ataque terrorista. Porque si las bombas no discriminan, algunos sectores de nuestras sociedades, desgraciadamente, sí discriminan a los musulmanes.

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