El síndrome de la diáspora

En el día del migrante me pregunto ¿cuándo deja uno de ser migrante?

¿Cuántos años han de pasar? ¿Cuántas décadas hemos de esperar? ¿Cuántas generaciones han de llegar? ¿Cuántas trabas hemos de superar y cuántos obstáculos, vallas inclusive, tenemos que saltar para que, finalmente, se nos considere autóctonos de los países a los que en su día llegamos?

Es de inocentes esperar que ello pase pese a nuestra pasividad.

Mientras los propios inmigrantes sigan considerándose a sí mismos, a sus hijos, y a los hijos de sus hijos como meras personas de paso, las sociedades de acogida no dejarán de considerarles como tales; el cambio no se producirá mientras los inmigrantes o pseudo-inmigrantes se sientan aún ciudadanos de países lejanos en detrimento de la ciudadanía del país sobre el cual llevan décadas viviendo. Entiéndase por pseudo-inmigrantes aquellas personas que siguen siendo denominadas inmigrantes o inmigrantes de segunda o tercera generación a pesar de haber nacido en países occidentales y nunca haber emigrado en su vida.

La realidad es que la mayoría de los inmigrantes aún no hemos enraizado nuestra pertenencia a la tierra en la que vivimos; esta tierra que cada vez es más impensable que dejemos.

Existen indicios esperanzadores que auguran un futuro más abierto, menos impermeable.

Evidentemente, las nuevas generaciones entienden y asimilan, cada vez más, que las sociedades actuales son irreversiblemente diversas. Queda por ver el grado de inclusión que admitirá su visión de la diversidad. Pero lo verdaderamente asombroso es que, al olvidarnos del futuro y centrarnos en el presente preguntando a algunos jóvenes acerca de su identidad, gran parte de los chicos y chicas descendientes de padres inmigrantes y que han nacido aquí siguen considerándose naturales del país de procedencia de sus ascendientes.

En España, muchos achacan esta resistencia a considerarse españoles a un rechazo que ellos perciben de parte de sus conciudadanos. Dicho rechazo será supuesto o real, latente o patente, lo que no puede ser es un impedimento ante nuestra realización como ciudadanos de este país que está viendo transformarse rápidamente su morfología. Eso sí, achacar nuestros fracasos siempre a los demás y culpar de ellos a quienes “nos rechazan” es, sin duda alguna, un juicio subjetivo, una actitud paralizante e inútil, y la consolidación del rechazo.

Las circunstancias de nuestra era y el futuro de las generaciones venideras nos exigen a voces que dejemos atrás la mentalidad del migrante transeúnte.

Para ser capaces de contribuir y enriquecer el tejido social en el que nos encontramos es imprescindible que nos arraiguemos en él. Porque un árbol sin raíces difícilmente puede crecer, y es menos probable aún que termine prosperando, produciendo frutos y alimentando a quienes lo rodean. Más bien se marchita y desvanece.

De allí que los sectores más xenófobos pongan de manera descarada en tela de juicio la capacidad de los musulmanes de echar raíces en las sociedades occidentales y de contribuir positivamente en ellas. Saben perfectamente que una vez se logre dicho arraigo, su propaganda venenosa será totalmente inefectiva y la islamofobia perderá terreno ante la islamofilia.

En EE.UU. es absurdo hablar de inmigrantes porque la práctica totalidad de la población descende de inmigrantes.

En EE.UU. un descendiente de polacos, irlandeses, italianos, alemanes o africanos llegados al nuevo continente, sea como personas libres, sea como esclavos, sólo se considera a sí mismo como estadounidense y lo antepone a cualquier otra distinción. Si bien esto no es aplicable a cada uno de los 300 millones de estadounidenses, sí es la tónica general de todo el país donde la procedente original queda relegada a un aspecto anecdótico que no interfiere con el sentido de pertenencia del individuo, su lealtad al país y su “grado de americanidad”.

Podríamos hablar de nuestra mentalidad colectiva largo y tendido; analizarla desde varios ángulos que cubren el ámbito social, psicológico, educativo, mediático, etc. Algunos análisis serán más discutibles que otros, pero lo que nunca debe falta es la autocrítica, la sobriedad y el sentido de responsabilidad. En realidad, gran parte de nuestras deficiencias se pueden reducir, al fin y al cabo, a lo que yo llamaría el “síndrome de la diáspora” o, lo que es lo mismo, la eterna tardanza a la hora de decidirse, definirse y efectuar la transición desde la condición de migrantes a la de autóctonos.

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