El Islam me enseña que la diversidad no tiene porqué producir “adversariedad”

De pequeño, iba a las montañas del norte de Marruecos y disfrutaba de la compañía de una de las mujeres más maravillosas que he conocido jamás. Se trata de mi abuela Amina, que en paz descanse.

Hablo de una época “pre-Internet”, “pre-móvil”, “pre-consola” y, en algunas zonas del país, incluso “pre-electricidad”. En el otoño nos juntábamos al atardecer con cierto sentimiento de nostalgia, quizás por los divertidos veranos de los que nos despedíamos o, quizás, la despedida iba más allá y estaba dirigida a un mundo de simplicidad que estaba dando camino demasiado rápido a la complejidad de una “modernidad” que se aproximaba a pasos agiganos. El hecho es que nos sentábamos en el suelo sobre montones de mazorcas de maíz, secadas al sol y que nos poníamos a pelarlas una a una. Eso sí, para hacer que un proceso tan laborioso fuese más entretenido, lo convertíamos en un juego. Cada mazorca cuyos granos resultaban ser de un color distinto sumaba puntos, y el ganador terminaba siendo la persona que más mazorcas diferentes descubría.

Ello, quizás me enseñó algo esencial acerca de la diversidad: que lo distinto suma y no tiene porqué restar.

Muchos de los discursos extremistas que vemos hoy en día se deben a un intento de parar lo imparable: la creciente diversidad étnica, lingüística, religiosa e ideológica de nuestra era.

Tanto si es la retórica de Donald Trump en EE.UU., Xavier García Albiol en España, o Al Baghdadi desde Iraq, la demagogia fascista tiene muchos puntos en común que trascienden las lenguas y la geografía. Uno de dichos denominadores comunes es, sin duda, la incapacidad de asimilar la diversidad cultural. La ceguera que les impide verla como algo fundamental para el desarrollo. Cuando realmente es una diversidad que presenta nuevas oportunidades y abre la puerta de par en par para el diálogo y el conocimiento y reconocimiento mutuos.

Desde un punto de vista islámico, el Corán enfatiza implícita y explícitamente que la diversidad es la norma y no la excepción. Es una diversidad que nos rodea en todo momento y que se manifiesta allá donde vayamos.

¿Acaso el Corán menciona en vano la variedad de colores, formas y gustos? Dicha pluralidad apunta claramente a que la diversidad es un signo divino y que nuestro deber es apreciarla en vez de chocar con ella. Es más, esta pluralidad es precisamente un indicio de la unicidad del Creador puesto que, de no ser así, cada creador consideraría su creación la mejor, entrarían en discordia y en vez de la armonía que vemos y damos por hecha, sólo habría caos y disonancia:

“Allah no ha tomado hijo alguno ni hay con Él ningún dios. Porque si así fuera cada dios se llevaría lo que hubiera creado y se dominarían unos a otros. ¡Glorificado sea Allah por encima de lo que Le puedan atribuir!” (23:91)

Dado que el ser humano es un puñado de tierra dotado de consciencia, el sinfín de elementos terrestres de los que estamos compuestos se ven reflejados, no sólo en nuestras diferentes fisiologías, sino en nuestra forma de ver e interpretar la realidad. Sin ir más lejos, el Profeta Muhammad, que la paz sea con él, lo afirma de mediante su metáfora: “Los humanos son metales, los mejores de ellos en el período de ignorancia serán los mejores de ellos en el Islam.”

De hecho, son varios los pasajes del Sagrado Corán que evidencian esta realidad y vinculan de manera explícita estos conceptos. En el versículo 27 del capítulo 35, Allah, glorificado sea, empieza haciendo referencia al agua; el elemento original indispensable para la vida. Y de dicho elemento acuático unificador nos traslada a la multiplicidad de frutos de diferentes colores, aromas, gustos, propiedades y cualidades. No es posible entender esta diversidad botánica sin tener en cuenta su diversidad genética y, por supuesto, la complexidad química de la tierra en la cual crecen dichos frutos y los componentes que los nutren.

“¿Acaso no ves que Allah hace caer del cielo agua con la cual luego hacemos que salgan frutos de diferentes colores? Y hay montañas de vetas blancas y rojas, de matices distintos, y hasta de un negro azabache.”

Acto seguido, se refiere a otras realidades biológicas como son los animales y el ser humano:

“¿Y que los hombres, las bestias y el ganado también son de distintos colores?” (35:28)

Lo majestuoso es que este versículo concluye con un enfoque enfático sobre la importancia del conocimiento y la ciencia como clave para poder comprender y apreciar la diversidad:

“En realidad sólo temen a Allah aquéllos de Sus siervos que tienen conocimiento; es cierto que Allah es Poderoso, Perdonador.”

A pesar de Su omnipotencia, es Perdonador. Pese a nuestra ignorancia, nos ofrece Su indulgencia. No sería descabellado aseverar que el rechazo a lo diferente se debe al miedo, y que este miedo, a su vez, emana desde la ignorancia. De allí que se pueda derivar de estos versículos que la ignorancia es el primer enemigo de la diversidad.

En la tradición profética (Sunna) tenemos incontables ejemplos de la profunda apreciación del Profeta Muhammad, que la paz sea con él, hacia la diversidad. Cosa que consta en la primera constitución que se firmó en Medina y que incluía, además de la minoría musulmana, a la mayoría judía y pagana.

En nuestros tiempos vemos cómo la globalización, además de tener aspectos positivos, también tiene efectos secundarios. Muchos pueblos ven cómo sus idiosincrasias sufren el riesgo de ser aplastadas por la “monocultura”. Ven cómo los elementos más esenciales de su identidad son arrasados por esa fuerza obsesionada con la homogeneidad y que avanza como un rolo compactador de asfaltos.

Hablo de poderes que, movidos por intereses financieros y con el uso de todos los medios propagandísticos y militares a su disposición, expanden una lengua dada y anuncian su supremacía. Difunden los modos de vida que pavimentan el camino para la implementación de su hoja de ruta. Establecen como referencia sus valores o, en su caso, la ausencia de los mismos, mientras ridiculizan aquellos valores que les lleven la contraria. E incluso implementan su visión de la familia, y de la sociedad en definitiva, que mejor sirven sus intereses.

El Islam rechaza esa mentalidad expansionista maquiavélica que acaba con la diversidad cultural del mundo sin miramientos.

Y eso que el Islam tuvo una expansión que probablemente fue la más rápida de la historia de la humanidad. En menos de un siglo, la religión que estaba siendo oprimida entre las áridas montañas de la Meca ya había llegado a los Pirineos. Pero aún así, se respetó la diversidad. Sobrevivió la diversidad lingüística de los pueblos nativos que va desde el chino hasta el amazigh en el norte de África, pasando por muchas lenguas y una infinidad de dialectos como el pashtu, el persa, el arameo o el copto. En el mundo musulmán coexistió y sigue coexistiendo el Islam, con religiones como el judaísmo, el altamente diverso cristianismo oriental, el hinduismo, el taoísmo, el budismo, el zoroastrismo e incluso el animismo, por ejemplo, en el sureste asiático y en África, entre otras regiones y religiones.

Esto se debe a que, además de confirmar en varias ocasiones que el evangelio de Jesús, la torá de Moisés y los salmos de David contienen luz y guía a pesar de las alteraciones y tergiversaciones que hayan podido sufrir, el Corán tampoco cierra la puerta a la posibilidad de que otras religiones puedan haber tenido un origen divino ya que cada pueblo ha recibido una revelación y un enviado:

“Es cierto que te hemos enviado con la verdad, para dar buenas noticias y para advertir. No ha habido ninguna comunidad por la que no haya pasado un advertidor.” (35:24)

“No hemos enviado ningún mensajero sin que fuera (a hablar con) la lengua de su gente para clarificarles (el mensaje), pero Allah extravía a quien quiere y guía a quien quiere. Él es el Glorioso, el Sabio.” (14:4)

El Corán nos enseña la ética del diálogo con estas religiones y filosofías.

“Y necesariamente uno de los dos, o nosotros o vosotros, está guiado; mientras que los otros están en un claro extravío. Di: No se os preguntará sobre lo que nos hayamos cometido ni a nosotros se nos preguntará por lo que hayáis hecho.” (34:24-25)

“Y no insultéis a los que ellos, fuera de Allah, invocan; no sea que ellos insulten a Allah por reacción hostil y sin conocimiento. Así es como hemos hecho que a cada comunidad les parecieran buenas sus acciones, luego habrán de volver a su Señor que les hará saber lo que hacían.” (6:108)

Y ello, porque el Sagrado Corán deja muy clara su postura hacia la diversidad. Acerca de las étnias y lenguas existente en el mundo afirma que son un signo de la grandeza del Creador. Tanto es así, que es dicha diversidad aparece relacionada directamente con la grandeza de la creación de los cielos y la tierra:

“Y parte de Sus signos es la creación de los cielos y de la tierra y la diversidad de vuestras lenguas y colores. Realmente en ello hay signos para los mundos.”

Además, nos enseña al final del capítulo 11 que la voluntad divina no es que todo el mundo sea, crea y piense igual. Afirma “si tu Señor hubiera querido habría hecho que los humanos fueran una única comunidad. Sin embargo no dejarán de ser distintos los unos a los otros.”

Añade:

“A excepción de aquel a quien tu Señor le conceda misericordia. Y para eso los creó.”

Es decir, les creó con la finalidad de que ejerzan su libre albedrío que inevitablemente les llevarán en distintos caminos y les conducirá a una diversidad que permeará todos los aspectos de su existencia.

Y les creó precisamente para ser candidatos para recibir su Rahma (misericordia). Gracias a esta misericordia, personificada en la figura del Profeta Muhammad y encapsulada en el libro luminoso del Corán, sabemos distinguir el camino correcto (Al Sirat Al Mustaqim) dentro del cada vez más complejo laberinto de ideas e ideologías que nos empeñamos en crear y que nos han llevado Ad nauseam a confundir la diversidad con la “adversariedad”.

“¡Gente del Libro! Ha venido a vosotros Nuestro mensajero aclarándoos mucho de lo que ocultabais del Libro y perdonando muchas cosas. Ha venido a vosotros, procedente de Allah, una luz y un Libro claro. Con el que Allah guía a quien busca Su complacencia por los caminos de la Paz. Y los saca de las tinieblas a la luz con Su permiso y los guía al camino recto.” (5:15-16)

Por lo tanto, nadie de nosotros, incluidos los Profeta y los Mensajero de Allah, pueden imponer la uniformidad y obligar a nadie a creer. Podemos debatir, cuestionar creencias y dogmas e intentar llegar a una visión común, pero en ningún caso podemos hacer uso de cualquier tipo de coacción,ya sea mediante la fuerza o mediante el chantaje y la manipulación ya que ello choca frontalmente con la voluntad de Allah:

“Y si tu Señor quisiera creerían todos los que están en la tierra. ¿Acaso puedes tú obligar a los humanos a que sean creyentes?” (10:99)
Y ello por un motivo muy simple y es que si creo es porque nadie me obliga. La coacción y la fe son incompatibles:
“No hay coacción en la religión. Ciertamente, ha quedado claro cual es la buena dirección y cual el extravío.” (2:256)
“Y di: La verdad procede de mi Señor; así pues el que quiera creer, que crea; y el que quiera negarse a creer, que no crea.Verdaderamente hemos preparado para los injustos un fuego cuya muralla los cercará; y si piden auxilio serán socorridos con un agua como la pez que les quemará la cara. ¡Qué mala bebida y qué mal reposo!” (18:29)

Otra finalidad que el Corán establece para nuestra creación y de la ramificación de la humanidad en distintos pueblos y etnias es que nos encontremos para dialogar y para conocernos. Un conocimiento que debería llevarnos al reconocimiento mutuo: el reconocimiento de que somos iguales y de que el único factor diferenciador, más allá de las apariencias superficiales, es la medida en que somos conscientes de nuestro Creador.

“¡Humanos! Os hemos creado a partir de un varón y de una hembra y os hemos hecho pueblos y tribus distintos para que os reconocierais unos a otros. Ciertamente, el más noble ante Allah es el más consciente de entre vosotros. Allah es Conocedor y perfectamente informado.” (49:13)

Se trata de una consciencia denominada Taqwa, ya que deriva de la raíz “ittaqá” que significa protegerse de algo o evitarlo.

Es una consciencia que actúa como protección y que si no nos hace evitar la injusticia y la transgresión, en realidad no sirve para nada.

En otras palabras, la Taqwa no puede limitarse a vivir en el limbo teórico sin pasar del ámbito conceptual al terreno actual. Es una consciencia activa que debe reflejarse en nuestros dichos, en nuestros actos y en la forma en la que nos tratamos los unos a los otros.

Lamentablemente, sigue habiendo personas que ven el mundo en blanco y negro y sólo aceptan a quienes lo perciben a través de su prisma pobre y empobrecedor. A ellos, hay que decirles que “despierten y  huelan el café”. Que comprendan que el mundo es policromático, políglota, multiétnico y multiconfesional. Que asimilen de una vez por todas que la diversidad forma parte de nuestra razón de ser. Es el estado natural de las cosas, y está aquí para quedarse a pesar de cualquier actitud totalitaria y cualquier medida inquisitorial de parte de quienes no creen en ella.

(1) Di: ¡Incrédulos!
( 2 )   Yo no adoro lo que adoráis
( 3 )   ni vosotros adoráis lo que yo adoro.
( 4 )   Yo no adoraré lo que vosotros adoráis,
( 5 )   ni vosotros adoraréis lo que yo adoro.
( 6 )   Para vosotros vuestra adoración y para mí la mía.
[Capítulo 112 del Corán]

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