Ramadán es el mes del autodescubrimiento

Los más de 1.500 millones de musulmanes del mundo nos disponemos a recibir el noveno mes del año, Ramadán. El mes que a través de la abstinencia inculca el desapego y la empatía.

Debemos empezar por comprender que el ayuno, al igual que los demás actos de adoración, es indispensable, pero no es un fin en sí sino un medio que conduce a un objetivo supremo.

¿Cuál es este objetivo al que nos debería llevar? El propio versículo del Corán que declaró la obligatoriedad del ayuno, nos lo indica de forma inequívoca. Anuncia que con la llegada del mes de Ramadán, lejos de dar el pistoletazo de salida para una ingenua y vacía huelga diurna de hambre, busca elevar nuestras consciencias (taqwa) y refinar nuestras conductas (suluk):

“¡Oh creyentes! Se os ha prescrito el ayuno como se les prescribió a los que os precedieron, para que (logréis) ser conscientes (de Dios).” [El Sagrado Corán 2:183]

Quizás la prueba más importante a la que nos somete el mes de Ramadán no sea la de reducir la cantidad de comida y bebida que entra por nuestras bocas sino controlar lo que sale de ellas. El Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: “Si alguien no se abstiene de decir la falsedad y actuar en base a ella, Allah no tiene necesidad alguna de su hambre y su sed.” Con un hadiz así de profundo y contundente cualquier comentario es redundante.

El ayuno es incompatible con la mentira, la infidelidad, el engaño, la opresión, la injusticia, el odio y la violencia. Todo ello aqueja a sociedades musulmanas, que ayunan el mes de Ramadán en su totalidad, pero que lo hacen en su mayoría por cuestiones de tradición y no de convicción. Al enfatizar el ayuno y omitir su finalidad espiritual de consciencia de lo divino, ¿estamos poniendo una adoración en primer plano y a Quien adoramos en segundo plano?

La aleya anterior del Corán define el ayuno prácticamente como una luz verde para una competición abierta, ante todo con uno mismo, en materia de Taqwa; ese concepto, usado con frecuencia aunque poco conocido en profundidad. Se suele traducir imprecisa pero necesariamente en ocasiones como consciencia de Dios, en otras como temor y amor hacia Él, pero en realidad es una amalgama que reúne todos esos ingredientes básicos de nuestra relación con nuestro Creador.

¿Por qué el ayuno? Una respuesta corta sería para ser feliz. Hablamos aquí de una Felicidad que no se olvida de las facetas espirituales e intelectuales del ser humano, y que se resiste ante el ciclón consumista interesado en reducir nuestra existencia a un concepto prisionero del cuerpo y sus necesidades alimentarias y reproductivas. Mi pasaje favorito del evangelio quizás sea aquel en el cual Jesús (que la paz de Allah sea con él) se postra (hace suyud) ante Dios y dice: “Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.”

El Corán nos recuerda que no somos los primeros en recibir la orden de ayunar. Que toda comunidad que ha precedido a la de Muhammad (P) ha recibido la prescripción del ayuno. Quizás sea un sutil desafío a que nosotros no fallemos en lo que los demás han fallado manifiestamente confundiendo medios y fines. No nos equivoquemos despojando el ayuno fisiológico de su auténtica finalidad que es un salto cualitativo en nuestro estado de consciencia. Con un poco de visión podemos incluso ver el carácter ilusorio de todo lo mundano.

Ramadán nos saca de nuestra zona de confort en todos los sentidos. Ya no sólo en cuestiones de dieta sino que, con los días largos de verano para quienes estamos en el hemisferio norte, nos vemos obligados a adaptar nuestros tiempos y ritmos de vida convencionales. Al fin y al cabo, un mes pasa demasiado rápido, pero debería dotarnos de flexiblidad y comprensión con los demás, hacernos menos obstinados y concupiscibles; debería educar y fortalecernos psicológica y espiritualmente.

Y, en este caso, menciono la concupiscencia dentro de un marco de la filosofía platónica. En su mito del carro alado, Platón describe tres tipos de alma o psique: racional, irascible y concupiscible. La primera, inclinada a la razón y al conocimiento, ansia la verdad, la justicia, y el bien. La segunda, dotada de una voluntad y una fortaleza que puede servir de apoyo a la racional y así llevarnos a la contemplación y la reflexión. La tercera, es la que se apega tercamente a los bienes materiales. Se aferra a los placeres sensuales del ego (comida, bebida, riqueza, posesión, fama, etc.)

Ahora bien, en el Islam existe una interesante tipología del psique/ego (Nafs) que también especifica tres tipos basándose en el Corán. Una denominada Ammarah bis-Su’ (que insiste en exigirnos incurrir en la maldad), Lawwamah (que reprocha por los malos actos) y Mutma’innah (plácida/imperturbable). Para entender bien esta tipología de la dimensión espiritual del ser humano es preciso conocer las diferentes fases por las que pasa el alma en su existencia pre-corpórea, corpórea y pos-corpórea. Un tema realmente fascinante del que hablaremos en futuros artículo.

El mes de Ramadán es el mes de la introspección y el autodescubrimiento. Sin conocernos bien a nosotros mismos, es absolutamente imposible llegar a un buen conocimiento de nuestro Creador. El ayuno no es un castigo al cuerpo, ni mucho menos parte desde esa noción propia de otras tradiciones religiosas que tacha al cuerpo de insignificante y profano. El Islam sacraliza el cuerpo humano, y el Profeta Muhammad (que la paz sea con él) nos indica con total naturalidad que nuestros cuerpos tienen derechos que hemos de satisfacer. El ayuno sí establece unas prioridades y nos recuerda que, por encima de ese cuerpo que algunos han convertido en “su templo”, existe el alma que es la que nos diferencia del resto de cuerpos vivientes e inertes. Nos llama la atención a que la verdadera escasez no es aquella que afecta a nuestros víveres o nuestra ingesta, sino aquella que hoy más que nunca asfixia el sustento de nuestras almas. Pone de relieve que la muerte más triste es la espiritual.

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