Todos sus días eran mi día

Sufrimos amnesia. No nos acordamos de nuestras vivencias más tempranas y más extrañas. Hablo de ese universo llamado madre.

Hablo de cuando yo, por ejemplo, me revolvía entre sus entrañas. Nueve meses sin saber que ella era mi madre. Me alimentó con su sangre. Aguantó la fatiga, el dolor, el insomnio… Hablo de cuando mi madre y yo eramos uno.

Luego, cuando vi la luz del día, ella es la que me atendía; la que me entendía… Con amor y paciencia correspondía mi torpeza y rebeldía. Se alegraba cuando me reía. Lloraba si algo me dolía. De ella aprendía. Me otorgaba su sabiduría y en mí el amor a la vida encendía.

Todos sus días eran mi día. Por mí se preocupaba y con sus plegarias me impulsaba. Todo elogio no le hace justicia. Ella es quien excedía todas las palabras y las trascendía.
Francamente, en el mar de sus favores me hundiría.

Dedicarle sólo veinticuatro horas es una osadía. Porque todos los días son su día.

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