El árabe coránico: el catalizador de una auténtica revolución

Por Hisham Muhammad

Antes de la revelación del Sagrado Corán la lengua árabe era una lengua cuya influencia fuera de la Península Arábiga era negligible. Ello se debía a factores geográficos que aíslan a la Península Arábiga en gran medida del mundo exterior, a pesar de ocupar una importante extensión y ubicarse en un punto de encuentro entre los tres continentes del mundo conocido en aquel entonces. También entraban en juego factores demográficos dada la baja densidad de población de la zona. Y también, factores económicos y militares, ya que salvo algunas civilizaciones en el extremo sur (Yemeníes) y el extremo norte (Nabateos) la Península no produjo importantes civilizaciones que fuesen portadoras de su lengua y su cultura. Ese fue el panorama general durante un dilatado período de la antigüedad.

Todo cambió con la llegada del Islam. Y el Islam comenzó con un libro; el Corán. Y la revelación del Corán se abrió con una primera palabra: Lee (Iqra’). Esa palabra convertiría de manera casi inexplicable a unos pueblos conocidos por su incultura, hermetismo y oralidad, en forjadores de la cultura, catalizadores de la apertura y productores prolíficos de libros. Cuando los Tártaros invadieron Bagdad en 1258, su biblioteca contenía un número estratosférico de libros.

La ciudad era la mayor del mundo con casi un millón de habitantes, y su biblioteca albergaba en aquel entonces una colección que algunos como la profesora Peri J. Bearman estima en un millón y medio de libros. Lo cual, proporcionalmente hablando, no queda lejos de los 40 millones de libros que contiene hoy la Biblioteca del Congreso en Washington D.C.

Muchas de esas obras únicas en árabe no sobrevivieron a esa salvaje invasión y acabaron en el río Tigris. Las crónicas de la época describen cómo los libros unían ambas orillas y su tinta tardó meses en desaparecer de las aguas del río. Algunas de las que sí sobrevivieron a esa invasión, no tuvieron tanta suerte con la invasión de la coalición liderada por EEUU en 2003 y que permitió el saqueo de manuscritos y obras en los museos más importantes de Bagdad.

Por supuesto, antes del Islam hubo poetas, dentro de esa cultura oral, que siguen brillando por su genialidad, de entre los cuales, Imru’ul Qays es el más destacado sin duda alguna. La producción en prosa era inexistente.

La prosa árabe solo aparecería después de la llegada del Corán, cuyo estilo a medio camino entre la prosa y la poesía, aturdió a sus oyentes árabes. A partir de allí, y después de la traducción de algunas obras clave como Kalila y Dimna por Ibn Al Muqaffa, la prosa se estableció como un género árabe, dando a luz obras impresionantemente bellas como aquellas en prosa rimada de entre las cuales sobresalen las Maqamāt de Al Hamadani y Al Hariri.

Para quienes conocemos el panorama anterior al Corán, es difícil no ver una preparación providencial del terreno ante la eminente llegada de dicha revelación. Todo indica a que la Península Arábiga, con su notorio aislamiento y el perfeccionismo lingüístico de sus poetas, era una cápsula del tiempo que guardaba cuidadosamente la lengua que portaría el último mensaje. También el factor humano jugaría un papel importante, dada la conexión del habitante del desierto con la naturaleza y su predisposición a la contemplación y la comprensión de la complejidad dentro de la simplicidad que entrañaba la matriz del Tauhid. Nadie mejor que los hijos del desierto para absorber las aguas de la revelación en lo más profundo de su ser.

Es como si las arenas ardientes de la Península Arábiga estuvieran dando forma, a fuego lento, al recipiente lingüístico que serviría para contener la Palabra de Dios. Un recipiente que en algunos pasajes del Corán, da la impresión de que casi se resquebraja bajo el peso de su contenido: «Lanzaremos sobre ti una palabra de peso.» (Corán 73:5)

Este pasaje nos remonta al alba del fenómeno coránico. Son los primeros capítulos que fundamentaban los cimientos de una de las civilizaciones y religiones más extensas de la historia de la Humanidad.

Aún así, este libro que constantemente declara que fue revelado en un árabe elocuente y claro, que representaba la cúspide de la lengua y planteaba explícitamente un desafío para los hablantes contemporáneos de dicha lengua, también es un texto hospitalario que deja lugar a un par de centenares de palabras arabizadas. Es decir, que tiene espacio para palabras que provienen de casi una decena de otros idiomas, algunos semíticos como el arameo, el hebreo y algún idioma de Abisinia. Y otros, más lejanos como el griego, el latín o el persa, que son idiomas indoeuropeos.

Varios eruditos clasificaron dichos términos en libros que hablan específicamente de esta riqueza lingüística del Corán. Entre dichas obras destaca la de una eminencia: Al Suyūti, titulada “Al Muhadhdhab fīma waqa’a fil Qur’āni minal mu’arrab” (Ejemplos seleccionados de las palabras arabizadas mencionadas en el Corán). Términos como Harūt, Yahannam, Sirāt, Istabraq, Zanyabīl, Raqīm, Surādiq…

El debate está en si esas palabras se consideraban ya árabes en tiempos de la revelación coránica debido a su uso común en algunas zonas de la Península. Uno se inclina hacia una respuesta afirmativa. Eran palabras que el árabe había adoptado y adaptado. Es una realidad especialmenteal fácil de entender para los hablantes del español, que son conscientes del elevado número de palabras de origen árabe (arabismos) presentes en el castellano, y que son consideradas palabras del español en toda regla.

Este carácter “multilingüe”, hasta cierto punto, del Sagrado Corán conlleva una dimensión simbólica y un claro mensaje que nos enseña que, las lenguas se alimentan mutuamente; que todas están interconectadas y tienen su importancia, su dignidad y hasta su sacralidad. Y sobre todo, nos inculca que el Islam es una religión basada en un espíritu de apertura hacia el otro, y que el hermetismo conlleva inevitablemente una muerte lingüística, intelectual y existencial.

De allí que los musulmanes se centraran en la traducción de obras del sánscrito, del persa y del griego que darían primero una propulsión a la revolución científica y literaria islámica, y más tarde (a través de Al Ándalus principalmente) generarían un despertar en toda Europa. Pero, detrás de todo ello, está el protagonista indiscutible: el Corán que llevó a los árabe de la oralidad a la escritura y la notoriedad.

Transportó, asimismo, sus mentes y su lengua de lo concreto a lo abstracto; es decir, desde una poesía que se centraba en gran medida en una descripción de lo palpable (el desierto – la batalla – mujeres – caballos – camellos – vino ) a un texto profundo, que conjugó esas descripciones sensibles del Paraíso y la Naturaleza con dimensiones espirituales, intelectuales, morales y éticas, y un sentido de propósito sin precedentes.

Así revolucionó su visión del ser humano, de la vida y de la espiritualidad. En su obra maestra, ‘Dios y el Hombre en el Corán’, el escritor japonés Toshihiko Izutsu demuestra de manera magistral cómo el Corán toma palabras mundanas del árabe preislámico, las redefine, y les da nuevas dimensiones.

Esta es una de las maneras concretas en las que se produjo la revolución coránica. La revolución de la revelación, cuya llave fue y sigue siendo el árabe coránico. Una lengua tremendamente rica, pero que, desde su autosuficiencia, integró con total naturalidad a otras palabras de otras lenguas en un mosaico lingüístico de una belleza eterna.

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