Reflexiones sobre la tristeza y la felicidad

El psicólogo Cliff Arnall eligió el tercer lunes de enero como el día más triste del año. Según él, en este día, generalmente hace frío y llueve en muchos lugares. Intuyo que vivía en el hemisferio norte, porque esta época del año no es precisamente fría en lugares como Ciudad del Cabo, Australia o Indonesia. Pero el sicólogo afirma que sus razones no son meramente meteorológicas. También habla de que es una fecha en la que, después de los excesos navideños, las familias no se han recuperado aún de los derroches económicos y de los desencuentros emocionales que conllevan algunas reuniones familiares. Su perspectiva es de tradición cristiana y occidental; un contexto en el cual las familias han entrado en estados avanzados de atomización. El hecho es que las estadísticas sí apuntan a que los divorcios conocen un incremento después de la época de las Navidades.

En cualquier caso, esas razones, entre otras razones, le llevaron a denominar el tercer lunes de enero como el más triste: “Blue Monday” o traducido al español “Lunes Triste”.

Personalmente, en esta fecha que resultó ser algo fría y lluviosa, no noté ninguna alteración en mis hormonas de la felicidad. Sí me llevó a dos reflexiones.

Primero, acerca de la denominación “Blue Monday”. En inglés se usa la expresión “feeling blue” para expresar tristeza aveces con un tinte de nostalgia. Siempre me llamó la atención ese uso idiomático del color azul. Un color bonito que no conlleva intrínseca ninguna relación con la tristeza… Resulta que, según algunas explicaciones etimológicas, la expresión tiene que ver con ciertas tribus de la costa occidental de la África subsahariana. Los habitantes de algunas de esas regiones usaban el color azul índigo en ocasiones tristes y ceremonias solemnes como los fallecimientos y los funerales. Teñían sus caras y sus ropajes de azul, y así expresaban su luto y su sufrimiento. Un ejemplo de ello es la ciudad de Kano en el noroeste de Nigeria, donde se encuentra Kofar Mata, los pozos de tinte azul índigo más antiguos y que incluso menciona el célebre viajero tangerino Ibn Battuta (f. 1377).

Luego, a través de los millones de personas libres que fueron capturadas, secuestradas y esclavizadas en las plantaciones de algodón del “Nuevo Mundo”, la correlación entre color y sentimiento llego a ese continente. Y en la parte anglosajona del mismo, no les faltaron razones para la tristeza, y los cánticos y las canciones con aire de lamentación y nostalgia por parte de generaciones de esclavos subyugados por esa despiadada maquinaria esclavista pasó a llamarse “the blues”.

Con el paso del tiempo, fue transformándose en un género musical consolidado a finales del siglo XIX, que a su vez daría lugar a otros géneros como el Jazz, bluegrass, y más tarde el rock y demás géneros.

Esto es sólo la punta del iceberg en cuanto a la influencia de la cultura africana en la cultura dominante en Estados Unidos, y por ende, en el resto del mundo. Todo gracias a la legendaria resiliencia de los esclavos negros que en medio de la miseria y la angustia más inimaginables, supieron transformar la tristeza en alegría, la desesperación en esperanza y sacaron fe de la nada. Una fe que, basada aveces en el Corán (un alto porcentaje de los esclavizados eran musulmanes), otras en la historia de Moisés o la Buena Nueva de Jesucristo (más tarde con el aprendizaje del inglés y su asistencia a las iglesias junto a sus amos o iglesias dedicadas sólo a los negros), les “dió vida” literalmente y no sólo espiritualmente; les mantuvo de pie cuando todo lo que les rodeaba les quería de rodillas.

Lo curioso por no decir chocante es que este mes de enero de 2019 la prestigiosa revista del Smithsonian publicó un artículo titulado Una ‘Biblia de esclavos’ fuertemente abreviada eliminó pasajes que podían alentar las revueltas. Y abre con que ‘cuando los misioneros británicos del siglo XIX llegaron al Caribe para convertir a los esclavos africanos, vinieron armados con una versión de la Biblia muy editada. Cualquier pasaje que pudiera incitar a la rebelión fue eliminado. Desaparecieron así, por ejemplo, las referencias al éxodo de los israelitas esclavizados de Egipto.’

A pesar de este tipo de censura, la historia de Moisés y su lucha por liberar a su pueblo del despotismo faraónico se convirtió en la historia bíblica más simbólica y representativa del anhelo de los negros por recuperar la libertad que les fue arrebatada a ellos y a sus antepasados. Quizás “Go down Moses” (Bajó Moisés) sea la canción más conocida, de mediados del siglo XIX, y que traza un paralelismo claramente entre el desafío de Moisés al Faraón, por un lado, y aquel de los esclavos negros a sus esclavistas por otro. La canción se convertiría, bajo el título ‘Let my people go’, en el lema de los ‘Contrabands’ (esclavos escapados que se unieron a la Unión en la Guerra Civil Americana).

En definitiva, si bien algunos pueden ver el tercer lunes del año como el lunes más triste porque sus planes navideños no salieron del todo bien, nuestras preocupaciones y problemas empequeñecen en comparación con lo que sufrieron personas como aquellas esclavizadas, o lo que sufren incluso hoy en día colectivos como los refugiados. Cualquier ocasión es buena para recordar aquellos para quienes cada día de la semana es “blue” y aún así sacan fuerzas para seguir adelante.

La segunda cuestión que me llama la atención es la obsesión por convertir la tristeza en un tabú; evitar sentirla, mencionarla, reconocerla… Es palpable necesidad imperante por ser feliz.

La tristeza es un sentimiento humano tan legítimo y necesario como la felicidad. Al igual que es imposible apreciar el valor de la luz sin conocer la oscuridad, ni el de la salud sin tener una noción de la enfermedad; la tristeza es esencial para apreciar la felicidad. Y si bien el ser humano busca innatamente sentirse feliz, ello no significa que debamos despreciar la tristeza o menospreciar lo que nos pueden aportar y enseñar los momentos tristes. Al fin y al cabo, la tristeza es inseparable del cambio que es la marca de la experiencia humana. El llanto de tristeza al nacer refleja la incertidumbre que provoca pasar del mundo fetal al mundo exterior, y la tristeza que acompaña al marchitamiento introductorio a la muerte expresa el apego que se fragua con esta vida.

Lo preocupante es que las versiones del capitalismo más salvaje intentan ahondar esa obsesión con la felicidad, y propagan (sí, estoy hablando de propaganda) un concepto vacío de la felicidad que incluso podemos describir como un modelo posesivo: cuanto más tienes, cuanto más posees, más feliz serás. Incluso la fama, la popularidad y la influencia de uno se miden en nuevas unidades de medida que son seguidores y ‘kiloseguidores’.

Partiendo de esa premisa, se han diversificado los mecanismos de las multinacionales para adoctrinar a las masas y convencerles de que la mejor manera de superar una depresión, por ejemplo, es embarcarse en una carrera de compras desenfrenadas, lo cual, lejos de solucionar el problema le añade otros de carácter compulsivo.

En definitiva, el capitalismo ha invertido grandes cantidades de dinero en propaganda directa e indirecta, para redefinir la palabra felicidad y, esencialmente, vaciarla de su contenido espiritual que la ha acompañado desde siempre. Y una vez desaparece ese componente metafísico imprescindible, el resultado es puro hedonismo; un culto al placer.

Y ya que menciono la palabra hedonismo, de origen griego, incluso en ese idioma antiguo la palabra felicidad (eudaimonía) es claramente una palabra que emana de una visión profundamente espiritual del ser humano. Eudaimonía se compone de ‘eu-‘ (buen) y ‘-daimōn’ (espíritu). De allí proviene probablemente la noción de bienestar. El hecho es que para Aristóteles la Eudaimonía es uno de los tres pilares de la ética junto a aretē (concepto muy próximo al Ihsān en el islam) y la phronesis (concepto cercano al de hikma).

En el islam, la ética o Ihsān, es la cumbre de la experiencia espiritual del ser humano. Es la máxima cercanía a nuestro Creador. Tal y como lo define el Profeta Muhammad (P): “El Ihsān es que adores a Allah como si Le vieras, porque sí tú no Lo ves, Él sí te ve.” Es la presencia de lo divino en todas nuestras acción y nuestras palabras. Allah, glorificado sea, dice un hadiz qudsi que cuando nos acercamos a Él con actos voluntarios de adoración en búsqueda de Su amor, logramos Su amor y dice “cuando lo amo, me convierto en su oído con el que oye, en su ojo con el que ve, en su mano con la que obra, en su pié con el que camina”.

La felicidad es un concepto ligado al amor y a la plenitud espiritual según este hadiz. Esa es la definición de la Felicidad (esta vez en mayúscula) que el poder financiero quiere cambiar y redefinir para prolongar su yugo tal y como lo intentaron antes los esclavistas y el Faraón que maldecían sus esclavos.

No hay tristeza mayor que sufrir miseria espiritual. Y no existe felicidad que la cercanía de nuestro Creador. Mientras se tenga clara está visión, cualquier lunes es motivo de felicidad y el color azul es un color tan bonito como los demás.

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